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YO, ESTRELLA PORNO



Al mismo tiempo puede existir un promedio de mil ventanas activas. Cada una cuenta con una audiencia que, por lo general, supera con facilidad las 100 personas; en muchos casos hay entre dos mil o tres mil espectadores por cada una. En una de las ventanas, Kimberly se desnuda lentamente, entre risas y miradas atrevidas; en otra, Josh toca sugestivamente el cuerpo de su amante, también un hombre, y Olga, una rusa con ojos tan azules como el mar, conversa y sonríe desde una mesa en una cocina: lleva puesto un bikini con el motivo de la bandera de Gran Bretaña; es el día de la boda real.

No son actores porno profesionales. Al parecer, muchos ni siquiera viven de eso y, en otros momentos de su día, se sientan con una taza de café a mirar correos en un escritorio de oficina antes de que el reloj marque las 5:00 p.m. Son personas comunes y corrientes que en su tiempo prefieren desnudarse en frente de una cámara web para el placer y delicia de una audiencia remota, ajena, pero fiel y siempre con ganas de más. La nueva estrella porno es usted.

El sitio se llama “cam4” y su misión no es otra que visualizar transmisiones en vivo (conocidas como streaming) de cualquier persona que sienta la necesidad urgente de tener sexo en frente de los demás o de conversar sin ropa con una audiencia global. Imagine YouTube, pero sólo con contenido ‘amateur’ y para adultos.

La idea no es del todo novedosa, puesto que hay otros varios sitios, como PornoTube, que permiten la visualización de pornografía en la red. Lo interesante aquí es ver cómo la pornografía ha pasado de ser exclusivamente un negocio de profesionales, deportistas de alta competencia cuyo escenario es la cama, el baño, la piscina de su mansión de ficción, a un asunto en el que los aficionados logran no sólo público, sino también ganancias.

¿Qué es eso de la industria pornográfica? Puede ser una de las mayores economías del planeta, con ingresos de más de US$3.000 cada segundo; en esa misma fracción de tiempo, más de 30 mil personas en el mundo están viendo porno en internet y cerca de 400 están comenzando a buscarla a través de Google. Es un asunto omnipresente que representa al menos un cuarto del tráfico mundial en la red.

El cambio de modelo, centrado en las estrellas porno a uno con mayor protagonismo ciudadano (por llamarlo de alguna forma), se dio en los años noventa. “Cada vez se intentaba presentar referentes más cercanos al espectador para que se sintiera más incluido en la imagen. La pornografía comenzó a comportarse como documental y no como ficción. Es una estrategia comercial porque el género ‘amateur’ produce efectos en los públicos que no tienen los otros”, explica Richard Tamayo, psicólogo, filósofo y profesor de la Universidad Javeriana, en donde solía dictar una clase sobre pornografía.

Pero algo más profundo que una estrategia comercial sucedió para que sean ahora los ‘amateurs’ quienes manden la parada en la industria audiovisual para adultos (que no es consumida solamente por estos, pero legalmente destinada a ellos).

El análisis más sencillo sería, tal vez, el de la moral. El cambio de los valores morales en un mundo en el que las instituciones clásicamente encargadas de cierta regulación en este campo son un barco que se hunde inexorablemente (sin mencionar su propia carga de inmoralidad: sacerdotes violadores, por ejemplo). El advenimiento de la revolución sexual de la segunda mitad del siglo pasado, sumado al largo deceso de la religión y del modelo de autoridad militar de los padres, puede ser, al menos en cierta parte, un factor decisivo a la hora de disponer de mi cuerpo: a quién se lo muestro y qué hago con él.

Imagine por un momento que se halla en los años 1600, como reza la canción. Imagine también que, por alguna extraña razón histórica, la religión ha perdido casi todo su poder para dictar la norma en el comportamiento humano. Entonces, ¿sería posible una especie de auge de la pornografía en ese momento? La respuesta obvia es no. Y la razón obvia es que aún está por fuera de la ecuación el factor técnico, la tecnología necesaria para construir un universo de pornografía personal de alcance global.

“No creo que sea sólo un cambio en el comportamiento moral. Hay que verlo a la luz de las transformaciones en los modelos de negocios y en las tecnologías”, dice Tamayo, quien agrega que primero surgieron los modos técnicos para construir una narrativa y después sí la historia: en un principio fue la ‘handycam’, la cámara web, y después sí el porno casero.

La aparición del celular con cámara ha facilitado que varias actrices, de telenovela, no de películas porno, hoy sean recordadas, además de sus logros en el campo de la ficción, por sus producciones documentales sobre su vida sexual. Así mismo, la popularización de la cámara web (que hoy es casi que un requisito para cualquier portátil) ha hecho que los menos avezados no entren a “cam4” para desnudarse, pero sí a bailar la última canción de Lady Gaga en ropa interior desde la comodidad de su casa y luego cuelguen el video en YouTube. Es tal la frecuencia de estos videos, que en muchas ocasiones terminan en un streaptease completo, que la plataforma ha tenido que inventarse curiosos algoritmos que detectan tonos de piel, por ejemplo, para evitar que el sitio se llene de pornografía, de acuerdo con Abbi Tatton, gerente de comunicaciones de YouTube.

Entonces, si bien el mundo ha cambiado, moralmente hablando, la explosión pornográfica sólo ha sido posible mediante la combinación de este factor con la revolución tecnológica. Y, en cierto sentido, el desarrollo de ciertas tecnologías se debe, al menos en parte, al auge pornográfico. ¿El streaming sería lo que es hoy sin la presión de una industria que supera ampliamente las economías de varios países?

Tamayo también toca un punto interesante al aclarar que, en medio del largo debate acerca de la distribución y consumo de entretenimiento en la red, la pornografía es tal vez uno de los negocios que desde el principio ha funcionado bien en línea: más de US$3.000 se gastan en pornografía por segundo y nadie parece quejarse demasiado porque se compartan unos cuantos millones de videos sin pagar por ellos. No importa. Muchos usuarios sí lo hacen, una y otra vez.

Bien sea porque primero se dieron cambios tecnológicos, seguidos de ajustes morales, la pornografía es hoy una forma de narración sexual que mal o bien impulsa un negocio pujante que se reinventa desde las entrañas de sus usuarios. Las estrellas porno somos todos y, a su vez, el porno está en todo lado. Es, como decía un experto en computación: “Un computador sin porno no prende”.


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