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Colombia tiene la pelota

Colombia tiene la pelota
Por Leonardo Puentes*

Dieciséis años después el país vuelve a vivir la ilusión de ver a la selección presente en un mundial de futbol. Para millones de colombianos menores de 20 años será la posibilidad de disfrutar por primera vez, como ya lo hemos hecho algunos un poco más veteranos, de una de las fiestas deportivas más emocionantes, que más unifican y provocan el encuentro alegre y pacífico de los pueblos en el mundo; la fiesta del futbol.

Es indiscutible que lo que va a ocurrir a partir del próximo jueves tendrá para los colombianos un significado especial; la posibilidad de volver a soñar junto a once guerreros que llevarán nuestra bandera en su corazón y nuestras ilusiones en sus piernas.

Volvemos a tener la pelota para demostrar, como ya lo han hecho Mariana Pajón, Catherine Ibargüen, Urán y Nairo, entre tantos otros, que pese a la adversidad somos un pueblo que se entrega, que lucha y se impone desafiando incluso los análisis de la ciencia, la lógica de la estadística, en fin, como un milagro que solo puede explicar la fuerza del espíritu y el corazón de nuestros deportistas. Serán semanas en las cuales Colombia vibrará unida como en pocas circunstancias logra hacerlo.

Eso respecto al jueves. Pero el domingo la pelota no estará en los pies de esos once hombres, sino en las manos de los cerca de 33 millones de colombianos, que una vez más, como cada cuatro años, somos convocados sin ningún tipo de restricción para elegir al director técnico del país; tremenda responsabilidad.

Algunos ya nos la jugamos en la primera vuelta por una opción distinta y salimos derrotados, pero las reglas del juego indican que tenemos que elegir entre las dos alternativas que se impusieron. Infortunadamente sigue siendo la guerra el factor que determina la decisión de la mayoría, como ocurre desde hace cerca de 50 años y recientemente de manera mucho más notoria.

A pesar de la frustración de tener que elegir entre dos opciones que en esencia han representado y hecho lo mismo en el ejercicio de gobierno (concentración de privilegios y riqueza, desprotección de la industria, del sector productivo y del patrimonio ecológico nacional; aplicación de la lógica de mercado a servicios fundamentales como la salud y la educación; clientelismo, corrupción, etc.), una de estas opciones nos está poniendo muy cerca de cerrar un ciclo de 60 años de guerra a través de la negociación y el diálogo.

Después del agotador y doloroso ensayo de la confrontación armada, que tiene postrado al país en la desesperanza y el atraso, para mí no cabe duda que lo que nos jugamos el domingo es la expulsión definitiva del juego de los actores armados y los ‘empresarios’ de la guerra.

Votar por la prolongación del conflicto equivale a elegir un tiempo suplementario de juego a término indefinido, con la probabilidad remota de una pronta victoria; no votar, a un acto de egoísmo que yo no me perdonaría.

En caso de imponerse la fórmula de la confrontación armada, muchos de los jóvenes que se preparan hoy para ver su primer mundial, sobre todo los más pobres, tendrían que prepararse también para ir al campo, pero no al campo de juego, sino al de batalla. Yo me la juego por ellos, porque además del mundial puedan vivir la emoción que no hemos podido vivir las últimas tres o cuatro generaciones de colombianos: la emoción de un país en paz.

*Concejal de Yopal.


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