Es innegable que la popularidad de William Pérez aún representa un buen capital electoral. Basta un abrazo, una foto o un apoyo cualquiera para que se transfieran unos buenos miles de votos.
Es que basta con darle una repasada a los murales de los pueblos del Departamento para saber que su legado permanece.
Empiezo esta columna confesando que no conozco en persona al señor William Pérez Espinel, exgobernador de Casanare entre 2001 y 2003.
Creo que mis amigos y conocidos de mi generación sí lo tienen bien presente, por lo que significó para sus familias y para aquel Casanare que navegaba entre millones de petrodólares. Ellos me han hablado de él.
No hay conversación, debate o foro social en el que no se recuerde con nostalgia al señor William; un Pérez de los que sí goza de buena reputación, con todo y su condena dada por cumplida el pasado fin de semana.
Es que basta con darle una repasada a los murales de los pueblos del Departamento para saber que su legado permanece.
En las paredes añejadas por el sol, la humedad y la maleza, entre pintura desgastada y dibujos descascarados, emerge el rocín salvaje: famélico, pero criollo y digno, ondeando la bandera verdiroja de Casanare junto al rezo imborrable en el tiempo: «Con Alma de Pueblo».
Si la gente no lo ha borrado del muro de su casa, menos lo hará de su corazón.
Por el fútbol y por los zapatos; por los útiles, por los mercados y por las casas. Cada cual tiene su motivación para decir que él fue el más grande.
Hasta hace unos años, con un grupo de trabajo, hacíamos encuestas y preguntábamos: «¿Quién es para usted el mejor gobernador en la historia de Casanare?». Aparecían hombres como Alirio Barrera, Marco Tulio Ruiz y César Zorro. Unas veces arriba, otras abajo, pero el nombre de William Pérez era una constante en el podio.
A nadie le importa que haya pasado casi dos décadas por la cárcel.
En este texto no me compete decir si es culpable o inocente. Eso ya lo resolvió la justicia, propinándole cuatro condenas.
Severas, fieras, inclementes condenas.
Quizás no tuvo la suerte de otros que desfalcaron a Casanare una y otra vez y ahora posan de asesores, empresarios, emprendedores y un rosario de bondadosos calificativos, mientras llevan los bolsillos llenos del rezago del oro negro que el ‘bum’ petrolero les dejó solo a ellos.
Es innegable que la popularidad de William Pérez aún representa un buen capital electoral. Basta un abrazo, una foto o un apoyo cualquiera para que se transfieran unos buenos miles de votos.
Pero ¿vale la pena, señor Pérez?
Pienso que no vale la pena darle su apoyo a quienes lo hundieron.
No se justifica que bendiga con su abrazo a los socios que negociaron con usted y luego, sin sonrojarse, lo arrojaron a la espada de la justicia.
No tiene sentido que usted vaya a acompañar electoralmente a quienes, vestidos de etiqueta, participaban en festines y bacanales tan suntuosos como ordinarios —propios de un nuevo rico—, mientras usted roía su comida en el menaje carcelario.
Por favor. No vaya a caer en cantos de sirena.
Si quiere apoyar a alguien, ojalá sea a alguien que proponga un cambio y lo demuestre. Alguien honesto y con ganas de hacer un mejor Casanare.
Sé que su paso por ese horrible hotel le dejó enseñanzas. Ojalá una de ellas sea que no solo la bondad es importante: también la honestidad y el respeto por el presupuesto.
Casanare ya sabe quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Bien podría usted tomar partido por quienes le parezca y quedarse con la casa política que quiera.
Por mi parte, este humilde aprendiz de periodista le diría: señor William, la casa que le conviene es la suya, la de su familia. Solo a ellos se debe. Finalmente, cuando usted perdió todo, ellos fueron los únicos que quedaron. Y los que permanecerán.
*Periodista casanareño por adopción radicado en Estados Unidos.