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De Frente - Esas tetas y culos de verdad…

De Frente - Esas tetas y culos de verdad…
Por Oscar Medina Gómez *

Jamás he sentido atracción física por esas mujeres que tienen cauchos y siliconas en todos los rincones y rendijas de su cuerpo. Esas que al mirarlas de frente se estrella uno contra un par de balones de baloncesto templados, a punto de explotar. Agarrar esas falsas protuberancias no es lo mismo que hacerlo con unas de verdad. Mentalmente el placer de lo auténtico se pierde. Se castra. Se bloquea.

Vaya y venga cuando, por ejemplo, por estética toca arreglar las tetas. Ya por pequeñas, por grandes, por caídas, por deformes, por desplazadas, por fláccidas, por salud. En fin. Pero agrandarlas hasta reventar sólo porque dizque “enloquece a los hombres”, o “soy el punto de atracción y me miran todos”, no va conmigo. O porque están de moda y me quiero sentir más hembra. Nada.

Lo mismo para otras partes del cuerpo como el culo, los labios, la cara, la cintura, la nariz, las cejas, los pómulos. Mejorar “detallitos” para sentirse más bonitas -sin desbordarse en el bisturí y los implantes- es aceptable. Pero transformarse íntegramente al punto de quedar irreconocibles y cambiar la apariencia de las personas es una aberración. Incluso una idiotez.

Sé que voy a contrapelo con la realidad. Lo indican los números de cirugías plásticas en Colombia. Aunque no hay cifras creíbles, dado el aumento de las peligrosas “clínicas de garaje”, la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica Estética, ISAPS, nos ubica entre los primeros 10 países. Por encima de naciones como Alemania, Francia, Argentina, Venezuela, Italia. Tenemos una altísima tasa no solo en mujeres, sino en hombres.

No es sino husmear por datos en ciudades como Medellín, Cali, Villavicencio, Barranquilla, Pereira. Allí la mamoplastia, mastopexia, blefarollastia, liposucción, abdominoplastia, rinoplastia se venden más que la leche. De hecho han tomado fuerza otras operaciones como la clitoriplastia (clítoris), la labioplastia (labios vaginales), el blanqueamiento anal y de la zona íntima y la faloplastia (intervención del pene).

Miles de mujeres prefieren vender su alma y su cuerpo al diablo –ya sea a un traqueto, un alcalde o un gobernador- con tal de tener sus tetas, su culo, su boca y su cintura tal y como la venden la internet, la televisión y las revistas de vanidades. Orondas se mueven por donde más las miren. Como gran logro pavonean sus cuerpos siliconados de bailarinas de cabaret, así no hayan terminado ni la escuela primaria.

Otras miles –que no tienen la suerte de enmozarse con un gobernante corrupto de turno- empeñan hasta el apellido. Semidesnudas, se la pasan en discotecas y bares “play”, exhibiendo sus pezones, contorsionando sus falsos traseros y dejando ver sus hilos anales (dentales). Claro: la mayoría en procura de incautos ñoños que las mantengan. Van por el mundo convencidas de su éxito.

Pero miremos cómo viven en la realidad: la nevera –si la hay- apenas tiene unos cuántos tomates podridos, duermen apeñuscadas con sus 5 hermanos en un miserable cuarto de comuna peligrosa, trabajan vendiendo minutos celulares en cualquier esquina y deben el arriendo de un año. ¡Pero tienen tetas, culo y labios de silicona!
Nos han vendido la idea -y hemos crecido con ella- de que las mujeres exuberantes a la vista, de cuerpos “perfectos” y carnes generosas, son más eficientes como amantes. Más guarras y bizarras en la cama, o en el auto, o en la oficina. Es decir, son mejores polvos. ¡Falso! Ya con una flaca tetoncita o una acuerpadita caderona y plana, la clave es tener ganas animales. Deseos recíprocos, atracción mutua. El resto es dejar correr la fantasía y la lujuria.

Nada tan excitante como una hembra al natural. Lúbrica y ardiente. A la espera del placer infinito y pecaminoso. Franca y real toda ella. Limpia y sin remiendos. Sin cortes ni implantes. Única, auténtica. Con tetas y culo al natural. Esos culos y esas tetas que le caben a uno en las manos y en la boca. Que se dejan excitar con apenas mirarlas y olerlas. Esas hembras que sus pezones se endurecen como lanzas gritando su gozo en la batalla. Que sus bocas húmedas piden y gimen explorar falos y cuerpos, dispuestos a lo obsceno. Penetrar en eso que a todos nos gusta, pero que no confesamos.

Gabo –gran conocedor de las mujeres- insistía en que ellas son preferibles hechas en la cama y no en los quirófanos. Cierto. Por eso ¡que las mujeres libres de silicona canten, muestren y disfruten sus encantos! Esas mujeres reales. De carne y hueso. Para amarlas eternamente. Digo yo.

*Periodista

La sección de OPINIÓN es un espacio generado por Editorialistas y no refleja o compromete el pensamiento ni la opinión de www.prensalibrecasanare.com


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