La violencia de los años 50 transformo a Colombia en un país concentrado en las ciudades y esa tendencia sigue aun creciendo. Cambió de una economía rural a el desarrollo y emprendimiento de miles de campesinos que llegaron a las ciudades a buscar oportunidades y desarrollar el olfato empresarial que tienen los colombianos.
Miles de nuevos ciudadanos afrontaron esa nueva vida, creando empresa y apostándole a el crecimiento del país con empuje, pues veníamos de una tragedia después de una guerra civil que obligó a migrar abandonando raíces de sentimientos e identidades.
Nace una generación de empresarios que transforma el país generando millones de empleos, acompañados por una academia pública y privada de calidad. Nunca se enfrentaron y hoy más que nunca la sinergia entre la educación es fundamental sin estigmatizar la educación privada como se pretende.
Hay que fomentar esa unión, esa infraestructura y esa evolución de la educación acoplándose a las expectativas de las nuevas generaciones. La UIS, por ejemplo, fue la bendición para todos esos jóvenes que habían huido del campo y encuentran en este acertado intento la oportunidad de estudiar y de los cuales muchos son hoy empresarios o excelentes profesionales.
Fue un gran logro de la cooperación internacional abrir el país al mundo y esa oportunidad demostró que la educación de calidad de donde venga y el olfato generan bienestar.
Viva la educación y su poder transformador y generador de oportunidades. Hay que comernos el mundo con capacidades y competitividad. La globalización es una realidad y si no despertamos refugiándonos en el pasado culpando a la historia patria de los problemas, no encontraremos pronto las llaves que abran la puerta del desarrollo y bienestar social.
Hagan cuentas de lo costoso que es este estado burocrático y clientelista que se ha incrementado absorbiendo los recursos que deben ir para el bienestar de los ciudadanos en vivienda, infraestructura y saneamiento básico, así como la Planeación de nuestras ciudades y la mejora de la calidad de vida.
Votemos por el positivismo y por la actitud que anime a este país que ha dejado de sonreír por una verborrea que cambió el día a día de todos, donde amanecemos con una pelea nueva y la sensación de armonía y unión se ha fragmentado pues el mensaje es crear distancia estigmatizando y dividiendo.
Hay muchas más razones para creer en una Gran Colombia unida y remando juntos por un país fuerte.
Mi voto será por Abelardo de la Espriella y su fórmula vicepresidencial que es un probado guerrero en esa unión de la academia estado y empresa.
Un nuevo aire necesita nuestro país y que la armonía regrese lo más pronto.
*Empresario y Dirigente de Casanare
La sección de OPINIÓN es un espacio generado por Editorialistas y no refleja o compromete el pensamiento, ni la opinión de www.prensalibrecasanare.com